martes, 2 de enero de 2018

La sonrisa etrusca







La sonrisa etrusca
José Luis Sampedro
1985

Acostumbrado toda su vida a los principios de su campo, el anciano Salvatore Roncone es trasladado a la casa de su hijo en Milán, donde pueden procurarle un mejor seguimiento de su estado de salud. Confinado en una casa con la estirada de su nuera y la maniática asistenta, y rodeado de gente sofisticada en una gran ciudad cuyos mecanismos no acaba de comprender, Salvatore parece destinado a confrontar mucho con el estilo de vida que le toca vivir. Hasta que llega el amor, sin esperarlo. Esta es una historia de cómo descubrir el amor puede suavizar a la más terca de las personas. 


Se trata de un libro notablemente narrado, donde las acciones y emociones sobrevienen a un buen ritmo, y los acontecimientos son de una sencillez cautivadora. Básicamente, trata de cómo un anciano que ha vivido siempre en un entorno rural, con sus manías y prejuicios bien arraigados, choca frontalmente con las costumbres de personas urbanas. Aunque muchos de sus principios parecen inamovibles, todo ello empezará a cuestionarse con el tiempo que pasa con su nieto Brunettino, de apenas unos meses de edad, por quien el veterano siente verdadera devoción. Construir un mundo mejor para su nieto acabará transformando su vida, replanteando sus instintos y ampliando su altura de miras respecto al mundo que va dejando detrás de sí. Es muy fácil meterse en la pie de este curioso protagonista y vivir esta maduración con credibilidad. 

Es un libro muy emotivo, lo cual explica que tantos lectores hayan querido asomarse a él. A lo lago de la historia hay muchas caras para analizar: el drama, el nacimiento y la consolidación del amor puro, el buen humor constante de anciano. En definitiva, es un libro que recoge el aprendizaje que todos pasamos: aprender a vivir. Y lo importante de la vida se refleja muy claramente en sus últimas páginas.


miércoles, 27 de diciembre de 2017

Las pasiones efímeras

Es bastante humano creerse que lo que a uno le gusta de verdad, aquello a lo que dedica su vida es sin duda lo más importante de cuanto puede practicarse en el mundo

El objeto de la defensa no admite límites, porque contiene lo sublime de la experiencia personal. Ciertas gotas de egoísmo bien dirigido se mezclan con una muralla que se alza contra las diferencias de los otros. Se deja elevar por su elección, la cual tiene potencia sobrada para eclipsar a las demás opciones y sumirlas a sus ojos en la irrelevancia. Y ahí se queda, en lo alto de un castillo edificado con los ciegos disfrutes de la autocontemplación, sustentado por una bomba de propulsión que emana de la propia repetición de su seguro acierto. 

¿Hasta cuando? 
En lo que llevo de vida no he conocido pasión que pueda perdurar eternamente. Si tengo que señalar los motivos, diría que es una combinación de dos soluciones de continuidad. 

La primera: no hay pasión que se revierta de tal atractivo que sea inagotable. Existen campos de fecundidad tan amplios en sus recovecos que son inabarcables para nuestra mente, donde el individuo puede encontrar gozo y satisfacción al disfrutar de cada una de sus ramificaciones. Sin embargo, el atractivo que despierte no se mide en laberintos, sino más bien en una línea que se extiende hasta que no da más de sí y se comba. Llámese cansancio, hartazgo o desinterés lo que delimita su final. La rueda pierde inercia, el movimiento ya no agita el cuerpo con el dinamismo de sus mejores clímax. Es aquí cuando todo ser viviente piensa que es mejor bajarse de la nave y cambiar el transporte, mejor algo nuevo antes de quedarse varado en la nada.

Y la segunda razón, seguramente la vida es un intervalo demasiado breve para vivir siempre de la misma forma. El tiempo es un extraño intangible: podemos registrarlo con calendarios y relojes, pero nada lo mide tan bien como la presión que ejerce sobre nuestros hombros. Se lleva de forma cíclica la parte más superficial de nuestra rutina, erosiona con lentitud puntual todo cuanto nos conforma. De alguna forma, el tiempo nos recuerda que no nos espera nunca, y es una reacción muy natural querer recibirlo siempre con un ánimo distinto, como el que sorprende un poco más cada día a su pareja. Preferimos renovarnos a morir - aunque vaya a tocarnos igual - porque es una forma de tener varias vidas antes de una sola muerte, esta galería de disfraces de nosotros mismos es lo más inmortal que vamos a experimentar. 

Vivan intensamente sus pasiones de temporada, pero con más intensidad si cabe su apasionada temporalidad.



martes, 28 de noviembre de 2017

Mi imparable ejército de juguetes

Como cuando algo te sale bien.
Es parecido a recogerme en tu cálido abrazo,
encontrar del faro de tu sonrisa entre tu aliento
y empañarme con el fondo de espejo de tus ojos.
Querida... No hablo hoy de ti.

Hablo de cuando algo sale muy bien.
También lo veo en las esquinas diarias.
Es lenta, puede ser casi invisible.
Flota como la sinuosa pausa
que incómoda precede al aplauso.

Toma sitio frente a la sorpresa.
Y activa el resorte, oculto.
Destapa la incontenible fiera alegre.
La llevamos tan adentro que olvidamos.

Esto va dedicado a todos vosotros:
¡mi imparable ejército de juguetes!
No habrá marea que suba o baje
cuando uno tiene sueños que flotan.
Tomáis posiciones ante la miopía de quienes
creen observar mejor que nadie.

Os divertís ante los crecidas estrategas,
quienes saben luchar mucho,
pero nada de disfrutar.
Sois cigarras que ahorran para el verano.


sábado, 11 de noviembre de 2017

Encuentre su salida

Me encontré la invitación para el Día de Muertos en mi buzón.

Un extraño sobre, de color negro como la obsidiana, tenía mi nombre sobre letras afiladas blancas en contraste con el fondo oscuro. Dentro:

Encuentre su salida.
Venga hoy a las 00:00, Noche de Muertos
Calle Xalampa, 2, Ciudad de México

Reconozco que, más que el misterio de la carta, me llamó el ansia de presumir sobre su contenido. Ahorrarme la insustancial fiesta de Día de Muertos de mi oficina ya entraba en mis planes, pero poder contar el lunes siguiente que había asistido a una enigmática y exclusiva fiesta resultaba una buena oferta para reemplazar mi noche ociosa.

Media hora antes de medianoche, paseaba por la calle Xalampa. Un amplio terreno de huertas se escondía entre la oscuridad. En esa opaca noche no podía ver qué se cultivaba, aunque parecían arbustos podados con buen sentido geométrico. Pocos metros más allá una finca de dos plantas se distinguía por una tenue luz que salía detrás de sus cortinas. La puerta ya estaba abierta, una luz dispersa como la niebla llegaba desde una habitación al fondo de un pasillo.

Nada, ni un ruido, ni una bienvenida. Ni un atisbo de presencia.

 Allí estaba ese salón vacío. La luz emergía de un gran cirio color sangre, situado en medio de una mesa de roble larga y tan vacía como la docena de sillas que esperaban en torno a ella. Algo que parecía un espejo estaba al fondo, cubierto con una sábana.

- ¿Hola? ¿Hay alguien aquí?

Nada, ni el eco me contestó. La ausencia lo llenaba todo.

Me senté, dispuesto a esperar no se sabe por cuánto tiempo. Quizás el susto estuviese por llegar. Revolvía la capa de polvo de la mesa para pasar los minutos que marcaba un vetusto reloj de pared, que parecía moverse más por milagro que por inercia. Desde la ventana rota, con un marco de cortinas desgarradas, podía vigilar parte del huerto silencioso. Algo de viento entraba por las grietas, haciendo bailar a las cortinas y a la sábana sobre el espejo.

La luna me miraba sin inquietarse, como quien escucha una respuesta que no llega. México es tierra de esperanza, hecha para quien espera. En las agujas del reloj de la habitación, me fijé en el minuto escaso que quedaba para las doce. Volví la mirada.

La sábana estaba tirada sobre el suelo. Ensangrentada.

Pude ver el espejo desnudo.

No era yo. Ese reflejo no era yo. Lo juro.

La mesa estaba vacía, pero en el reflejo el banquete estaba repleto. Todo tipo de viandas, repartidas en grandes platos, acompañadas de grandes copas servidas de vino. Un gran festín, propio de otra época. Y a su alrededor, todos ellos. Mujeres, hombres, niños. Se parecían entre ellos, una gran familia mexicana. Disfrazados burdamente de calaveras, con pintura corrida sobre sus caras. Riendo, comiendo, levantando la copa o cantando a coro. Festejando la Noche de Muertos.

Nada. Yo estaba solo en esa mesa. Tal y como era cuando había entrado.

Y a la vez veía la fiesta a través del espejo. Ni que yo fuera Alicia.

Me busqué en la fiesta reflejada. Me encontré. Y eso me heló la sangre.

En mi silla, donde debería estar yo… Había una figura muy delgada y blanca. Apenas se movía, no dejaba de mirarme fijamente desde sus cuencas de ojos vacías y profundas. Caí en la cuenta de por qué tenía ese aspecto. Las calaveras de la familia eran coloridas, pero mal pintadas. Donde yo estaba había un cráneo de marfil, color hueso auténtico. Una calavera de verdad unida a un esqueleto  igual de macabro.

Grité. Y las mandíbulas de ese cráneo se abrieron. Dentro no había lengua ni encías, nada más que dientes.

Me eché para atrás en la silla, y ese esqueleto se movía igual. Me imitaba.
Me giré hacia la salida. La luz de la luna era más intensa aún, y conseguí ver qué se cultivaba en el huerto exterior, aquellos extraños arbustos. Aquello no eran cultivos…

Eran lápidas.

Volví a horrorizarme, y aquel saco de huesos del espejo reaccionó conmigo. No podía ser…

Y de repente, la llama de la única vela palideció, a merced de la corriente de aire que llegaba desde la ventana. Los colores azulados y amarillos del pequeño fuego bailaban y se hacían cada vez más tenues… Me acerqué a la vela, me abalancé sobre ella, tratando de poner mi cuerpo en medio para cortar la corriente. También el esqueleto se agitó al otro lado de la realidad, tumbándose sobre la mesa. Con mis manos protegía la débil luz para que el viento no la extinguiese… Entre las falanges del hombre sin vida se podía ver una mota de luz brillante que cada vez era más pequeño. Pese a que ya no había aire que rozase la vela directamente, el minúsculo punto luminoso se disolvía en humo, desapareciendo entre la cera... 


Y se apagó.