sábado, 11 de noviembre de 2017

Encuentre su salida

Me encontré la invitación para el Día de Muertos en mi buzón.

Un extraño sobre, de color negro como la obsidiana, tenía mi nombre sobre letras afiladas blancas en contraste con el fondo oscuro. Dentro:

Encuentre su salida.
Venga hoy a las 00:00, Noche de Muertos
Calle Xalampa, 2, Ciudad de México

Reconozco que, más que el misterio de la carta, me llamó el ansia de presumir sobre su contenido. Ahorrarme la insustancial fiesta de Día de Muertos de mi oficina ya entraba en mis planes, pero poder contar el lunes siguiente que había asistido a una enigmática y exclusiva fiesta resultaba una buena oferta para reemplazar mi noche ociosa.

Media hora antes de medianoche, paseaba por la calle Xalampa. Un amplio terreno de huertas se escondía entre la oscuridad. En esa opaca noche no podía ver qué se cultivaba, aunque parecían arbustos podados con buen sentido geométrico. Pocos metros más allá una finca de dos plantas se distinguía por una tenue luz que salía detrás de sus cortinas. La puerta ya estaba abierta, una luz dispersa como la niebla llegaba desde una habitación al fondo de un pasillo.

Nada, ni un ruido, ni una bienvenida. Ni un atisbo de presencia.

 Allí estaba ese salón vacío. La luz emergía de un gran cirio color sangre, situado en medio de una mesa de roble larga y tan vacía como la docena de sillas que esperaban en torno a ella. Algo que parecía un espejo estaba al fondo, cubierto con una sábana.

- ¿Hola? ¿Hay alguien aquí?

Nada, ni el eco me contestó. La ausencia lo llenaba todo.

Me senté, dispuesto a esperar no se sabe por cuánto tiempo. Quizás el susto estuviese por llegar. Revolvía la capa de polvo de la mesa para pasar los minutos que marcaba un vetusto reloj de pared, que parecía moverse más por milagro que por inercia. Desde la ventana rota, con un marco de cortinas desgarradas, podía vigilar parte del huerto silencioso. Algo de viento entraba por las grietas, haciendo bailar a las cortinas y a la sábana sobre el espejo.

La luna me miraba sin inquietarse, como quien escucha una respuesta que no llega. México es tierra de esperanza, hecha para quien espera. En las agujas del reloj de la habitación, me fijé en el minuto escaso que quedaba para las doce. Volví la mirada.

La sábana estaba tirada sobre el suelo. Ensangrentada.

Pude ver el espejo desnudo.

No era yo. Ese reflejo no era yo. Lo juro.

La mesa estaba vacía, pero en el reflejo el banquete estaba repleto. Todo tipo de viandas, repartidas en grandes platos, acompañadas de grandes copas servidas de vino. Un gran festín, propio de otra época. Y a su alrededor, todos ellos. Mujeres, hombres, niños. Se parecían entre ellos, una gran familia mexicana. Disfrazados burdamente de calaveras, con pintura corrida sobre sus caras. Riendo, comiendo, levantando la copa o cantando a coro. Festejando la Noche de Muertos.

Nada. Yo estaba solo en esa mesa. Tal y como era cuando había entrado.

Y a la vez veía la fiesta a través del espejo. Ni que yo fuera Alicia.

Me busqué en la fiesta reflejada. Me encontré. Y eso me heló la sangre.

En mi silla, donde debería estar yo… Había una figura muy delgada y blanca. Apenas se movía, no dejaba de mirarme fijamente desde sus cuencas de ojos vacías y profundas. Caí en la cuenta de por qué tenía ese aspecto. Las calaveras de la familia eran coloridas, pero mal pintadas. Donde yo estaba había un cráneo de marfil, color hueso auténtico. Una calavera de verdad unida a un esqueleto  igual de macabro.

Grité. Y las mandíbulas de ese cráneo se abrieron. Dentro no había lengua ni encías, nada más que dientes.

Me eché para atrás en la silla, y ese esqueleto se movía igual. Me imitaba.
Me giré hacia la salida. La luz de la luna era más intensa aún, y conseguí ver qué se cultivaba en el huerto exterior, aquellos extraños arbustos. Aquello no eran cultivos…

Eran lápidas.

Volví a horrorizarme, y aquel saco de huesos del espejo reaccionó conmigo. No podía ser…

Y de repente, la llama de la única vela palideció, a merced de la corriente de aire que llegaba desde la ventana. Los colores azulados y amarillos del pequeño fuego bailaban y se hacían cada vez más tenues… Me acerqué a la vela, me abalancé sobre ella, tratando de poner mi cuerpo en medio para cortar la corriente. También el esqueleto se agitó al otro lado de la realidad, tumbándose sobre la mesa. Con mis manos protegía la débil luz para que el viento no la extinguiese… Entre las falanges del hombre sin vida se podía ver una mota de luz brillante que cada vez era más pequeño. Pese a que ya no había aire que rozase la vela directamente, el minúsculo punto luminoso se disolvía en humo, desapareciendo entre la cera... 


Y se apagó.



jueves, 9 de noviembre de 2017

Salvar vidas con la ciencia: Ensayos clínicos

El martes 7 de noviembre tuvo lugar en el Círculo de Bellas Artes un evento sobre ensayos clínicos: se titulaba La Investigación se quita la bata. La cara más humana de los ensayos clínicos, organizado por la Fundación MÁS QUE IDEAS. Esta actividad se encuadraba dentro de la oferta de iniciativas de la Semana de la Ciencia de Madrid 2017.


¿Qué es un ensayo clínico? Una investigación donde se evalúa la eficacia y seguridad de un nuevo fármaco en seres humanos, de cara a comprobar si se puede aplicar con éxito de una forma más extendida en los pacientes. Consiste en una pequeña muestra de personas - sanas o con la enfermedad, en función de la fase del ensayo clínico concreto - donde se prueba el nuevo medicamento y se evalúan tanto los posibles riesgos como los beneficios del tratamiento. Además de adentrarnos en este proceso, la charla ponía énfasis en la solidaridad de todas las personas que se involucran en un ensayo clínico.

Cuando por los ventanales del Círculo se podía comprobar como caía la tarde, comenzaba el acto con la sala prácticamente llena. Tras una breve presentación de la Fundación y del programa de la jornada, la periodista Adriana Moruelos (Cadena SER) realizó una entrevista de veinte minutos a dos pacientes participantes de ensayos clínicos: Jorge en melanoma, e Isabel en esclerosis múltiple. Con una gran humanidad e humildad ambos confesaron que ni habían dudado en participar en un ensayo clinico cuando se les ofreció la oportunidad, tanto para poder beneficiarse ellos como para permitir el avance de la ciencia en la lucha contra la enfermedad. Charlaban con tranquilidad sobre cómo convivir con la enfermedad y agradecían profundamente la amabilidad y el trato con el que el personal médico e investigador les trataban durante todo el proceso.


A continuación tuvo lugar un coloquio, moderado el presidente de la Fundación MÁS QUE IDEAS, Diego Villalón. Estaban presentes: Miguel Calero, un investigador del CIEN; Carmen Doadrio, una integrante de la AEMPS; Adela, una participante en un ensayo clínico de cáncer de mama y Julián Isla, el presidente de la Fundación 29 y director de la Fundación Europea de Síndrome de Dravet. Respondieron tanto a preguntas que planteaba Diego como a inquietudes que puso sobre la mesa el público. Muchas de ellas preguntaban sobre la estructura del ensayo clínico, sobre cómo participar en ellos o acerca de las garantías que ofrecen. El perfil multidisciplinar de los invitados permitía conocer las respuestas desde el punto de vista de los reguladores, desde la investigación y desde los propios pacientes de los ensayos. Cuestiones como la excesiva formalidad del consentimiento informado o los requisitos de los pacientes fueron discutidas por Carmen, Adela y Miguel. Julián nos habló sobre la problemática de los medicamentos destinados a las enfermedades raras y de la importancia de seguir invirtiendo en ellos. 


Era la primera vez que tomaba contacto con la Fundación MÁS QUE IDEAS, y debo decir que el resultado me ha impactado muy positivamente. Han realizado una gran labor explicando al público general el enorme trabajo que hay detrás de los ensayos clínicos desde el punto de vista de los pacientes y sus profesionales, y han hablado sin complejos sobre su realidad. También han aportado una gran dosis de valores personales cimentados en el altruismo y la solidaridad de los pacientes en el sistema de salud. Les agradezco enormemente la iniciativa. 



Fotografías del evento obtenidas de la página de Facebook de la Fundación MÁS QUE IDEAS

sábado, 7 de octubre de 2017

Descúbreme

Descúbreme primero.
Ante todo, mírame sin complejos.
Verás mucha apariencia para dar empaque,
el eco perpetrando el propio silencio,
algún brillo que de cerca es vítreo,
tuerto orgullo a modo de parche.

Descúbreme primero.
Soy todo endeble a tu análisis perforante.
Hallas recuerdos que cuelgan inermes:
Infancia feliz como la de todos,
retorcidas colisiones contra lo real,
líquido carmesí ya denso de mentiras,
supurando amores que me superaron,
trabajando sin valía ni valor;
el aire entrando a cada suspiro.

Descúbreme primero.
Sé brusca, soy impaciente.
Desnúdame de trapo vano.
Sí.
Para tu sorpresa,
hay espuma desprovista de sueños
relleno mal cosido que la nada retiene.

Descúbreme primero.
Y cuando hayas visto que nada en mí sirve,
te ruego desecha sin piedad mis ruinas,
aparta todo hasta que el vacío se imponga.

Descúbreme ahora.
Para vestirme de nuevo y nacer.
Quiero tener forma rítmica,
donde mi piel sea un fractal de lana
que encierre un filtro adulterado
de inocencia que nunca marchitó.
Añade en mí la edad de una larva
y como propósito un columpio.
No me enseñes a hablar,
vivía mejor leyendo las miradas.

Descúbreme por fin.
Cántame tres partituras de tarareos para el viaje.
Abre y contrae tu carne como un fuelle.
Deprisa, despídete de mí. 
Y lánzame a morir de nuevo la vida.

martes, 15 de agosto de 2017

Reencontrarse

"Cuando uno abandona sus costumbres, se reencuentra a sí mismo"
                                                                                                                        Stefan Zweig, Clarissa

No es sólo la monotonía que conduce al letargo más absoluto. Lo que también encierra la rutina, por extraño que parezca, es el desapego a uno mismo. Uno se encuentra con un horario a repetir, más o menos encerrado en las mismas tareas que de tan diarias se convierten en automáticas, de esas que se hacen sin pensar casi, como por supervivencia. Y los días acaban siendo eso, un tedio que se soporta como unas paredes aguantan el peso del techo, casi por diseño más que por voluntad. Entre todas las horas, que asfixian de forma silenciosa y acaban absorbiendo por su vacuidad intrínseca, uno puede correr el peligro de sentirse igual de incompleto que lo cotidiano de su existencia. 

Todo puede retarse a ser cambiado. Por ejemplo, con una escapada o unas vacaciones. A ser posible, no quedándose en casa y yendo a otro lugar que le fuerce a uno a vivir empezando de cero. Así las rutinas se ven desplomadas, desvanecidas. No porque no haya que dejar de hacer las mismas tareas, al fin y al cabo hay que comer y dormir, pero ya existe una obligatoriedad de hacerlo de un modo distinto.

Esta imposición acaba forzando a uno a pensar hasta en lo más básico, a ser más original que de costumbre a como era entre los témpanos de hielo de la rutina, a resolver las demandas de una forma novedosa. Y de lo más sencillo se acaba impregnando lo más elevado y lento, cuando uno se detiene su cerebro se reencuentra consigo mismo, aquel al que creyó olvidado en la marejada de las horas. Se reconoce, se pregunta qué tal, se recuerda cómo se era y se compara con lo que se ha convertido, se compromete en seguir su propia construcción. Así obra el rescate de uno mismo de la enredadera de la nada, y cómo uno se acoge con calidez y vuelve a ser el que era, con toda la fuerza renovada. Volverá a hacer todo con energía. Y lo mejor es que de ahí surgen con facilidad nuevos planteamientos sin estorbo. El atractivo de la trascendencia, no contento con haberlo devuelto a su sitio, le invitará a ir bastante más allá.